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El huracán Daniil Medvedev, el antipático más talentoso del circuito ATP


Muy alto, algo desgarbado, de sonrisa difícil y sin la contextura física ni los músculos de algunos de sus colegas, Daniil Medvedev no impone presencia fuera de una cancha. Adentro, la historia es otra. Dueño de un tenis poco ortodoxo, pero de mucha potencia y muy difícil de enfrentar para sus rivales, lleva varias temporadas entre los mejores de la ATP. Fue quien le puso fin el año pasado a casi 19 años de reinado del Big 3 en lo más alto del ranking y llegó al número 1 por primera vez en febrero, al desplazar a Novak Djokovic. Tiene en sus vitrinas un título de Maestros y otro de Grand Slam. Y hoy es el huracán que arrasa en el circuito ATP, que lo tiene como el antipático más talentoso.

El ruso de 27 años conquistó el domingo su cuarto título del año, al superar en la final -la quinta al hilo para él- del Masters 1000 de Miami al italiano Jannik Sinner. Así extendió su impresionante récord de esta temporada a 29 victorias (30, contando una por walk over que sumó en la tercera ronda del certamen) y apenas tres derrotas: en semis de Adelaida frente a Djokovic, en la tercera ronda del Abierto de Australia ante Sebastian Korda y en la final de Indian Wells ante Carlos Alcaraz. De paso, volvió al número cuatro del ranking y metió su nombre entre los que podrían aspirar a llegar a la cima en los próximos meses.

Si de tenis, trofeos y números se habla, nadie discute que el moscovita está entre los más talentosos del mundo. Sin embargo, no termina de seducir al público, con el que tiene una relación de muchos altibajos. Es que su caracter explosivo y su tendencia a protestar y perder la cabeza durante los partidos le hicieron ganar esa chapa de antipático que lo acompaña desde sus primeros años.

Daniil dejó en claro de muy chico que no permitiría que nadie le marcara el camino. Cuando sus padres lo llevaron a los 9 años a un club de Moscú para que empezara a tomar clases de natación, él prefirió la escuelita de tenis de la institución.

Y a los 18, tras cursar sus estudios en prestigiosas escuelas de economía de la capital rusa y haber pasado un año en la universidad MGIMO, una de las más elitistas de su país, decidió mudarse a Francia y enfocarse de lleno en su carrera deportiva.

Tardó algunos años en hacerse un lugar en el circuito porque le llevó tiempo darse cuenta de que debía comprometerse en serio si quería sacar lo mejor de su juego en la cancha. En 2018 comenzó a entrenarse con más intensidad y a cuidar más su cuerpo: modificó su dieta y dejó un poco de lado los dulces y los postres, su debilidad. Y enseguida empezó a cosechar buenos resultados.

Por aquellos años fue cuando dijo una frase que hizo mucho ruido y dejó claro que a él poco le importaba lo que pensara la gente. «Cuando tenía 10 años odiaba a Roger Federer. No soportaba verlo ganar una y otra vez. Desde la primera ronda hinchaba por sus rivales» aseguró. 

En el US Open 2019, Medvedev tuvo varios encontronazos con el público. Foto Mike Lawrence/USTA
En el US Open 2019, Medvedev tuvo varios encontronazos con el público. Foto Mike Lawrence/USTA

Tampoco ayudaba (ni ayuda) a su popularidad la manera en la que se suele comportar durante los partidos: pocas sonrisas, mucho ceño fruncido y frecuentes choques con los umpires, sus rivales y los fanáticos. La situación que vivió en el US Open 2019, durante su duelo de tercera ronda con el español Feliciano López, vuelve a la memoria colectiva cada vez que se habla de su carácter.

Durante ese partido, tiró al piso la toalla que le había alcanzado un ball boy y cuando el público lo abucheó por esa actitud, mostró su dedo medio, lo que le costó una multa de 9 mil dólares. Se fue ganador pero entre insultos, respondió con gestos irónicos hacia las tribunas y luego subió la apuesta al declarar que agradecía los silbidos porque el clima hostil lo ayudaba a jugar mejor.

Tiempo después, recordando ese episodio, reconoció: «Necesito ser una mejor persona en la cancha. Para ser honesto, fui un idiota». Y cuando un par de años más tarde se coronó en Flushing Meadows y sumó su primer Grand Slam, fue ovacionado y no tuvo más que palabras de cariño con la gente de Nueva York. Igual, lejos estaba de desligarse por completo de las polémicas y convertirse en un modelo de corrección.

En varias ocasiones se peleó con las autoridades de sus partidos. «¿Cómo podés arbitrar una semifinal de Grand Slam si eres tan malo?», le gritó al árbitro Jaume Campistol durante la final de Australia del año pasado. También con sus rivales: tuvo un cruce verbal fuerte con Diego Schwartzman en la ATP Cup de 2020. Y hasta con su entrenador, Gilles Cervara,durante la final de Halle en junio pasado, cuando frustrado porque no le encontraba la vuelta al partido, le dirigió un grito que retumbó en el aire e hizo que el coach se fuera del estadio. 

En las últimas semanas volvió a generar polémica al estallar contra los organizadores de Indian Wells por las características de las canchas del torneo.

«Esta cancha es una vergüenza para el deporte. Se debería prohibir jugar aquí. Es una vergüenza decir que es rápida», reclamó desencajado durante el partido que le ganó en octavos a Alexander Zverev.

Confeso detractor del de polvo de ladrillo -«No quiero jugar en esta superficie de mierda», llegó a decir en un partido en Madrid hace un par de años-, tras coronarse en Miami agradeció al torneo por haber armado una «cancha realmente rápida».

«Esta es una cancha dura de verdad. Me hizo muy feliz jugar acá», afirmó con un guiño irónico por lo que había pasado en el desierto californiano. Y más tarde, remató: «Si pudiera elegir, sólo se jugaría en canchas duras».

Su cara diferente fuera de la cancha

Esa versión poco simpática, polémica e irascible de Medvedev responde seguramente a su espíritu competitivo. «Jugar para ganar en todo está en su ADN, en su piel. Cuando jugamos al billar, se siente la tensión entre nosotros, porque él quiere vencerme y yo también», contó su entrenador en su paso por Miami.

Sin embargo, el moscovita, amante de los videojuegos, la lectura y el ajedrez, es bastante diferente fuera de las canchas. Según Cervara, en sus ratos libres es muy simpático y divertido. Y muy despistado.

«A veces nos ponemos de acuerdo para comer juntos en la cafetería de un torneo. Yo llego antes, compro comida y ocupo una mesa. Él llega después y se sienta solo en otra que está cerca. A veces le saco una foto y se la envío para que sepa dónde estoy», relató entre risas alguna vez el coach.

Más allá de que sigue sin callarse nada, en el último tiempo mejoró un poco sus «modales» en la cancha y parece tener una mejor conexión con los espectadores. Quizá ese cambio es producto de la madurez que llega con la edad. Quizá, con un palmarés que va creciendo, esa obsesión por ganar se calmó un poco y aprendió a digerir mejor las derrotas. Y quizá también lo ablandó un poco la paternidad: en agosto pasado, su esposa Daria dio a luz a su primera hija.

«Es el mejor regalo que recibí. Estuve presente en el momento del nacimiento y esas emociones son mucho más que ganar un título», comentó a fines del año pasado.

A fines de febrero, tras coronarse en Rotterdam, mostró su lado más tierno cuando contó: «Mi mujer me dijo que el otro día, mientras yo daba una entrevista en la cancha, puso a mi hija delante de la tele y ella empezó a sonreír. Es una niña muy dulce, muy tranquila».

Polémico y hasta a veces antipático en la cancha. Simpático y distendido afuera. Esas dos caras de Daniil Medvedev conviven con el jugador de tenis poco convencional y de talento enorme, que vive un gran momento.

HS

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