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cómo se gestó la travesía de Santa Fe a Interlagos en un Renault 6 que terminó con Colapinto al volante


En Esperanza hay menos de 50 mil habitantes y tres amigos: uno prepara autos de competición, otro automatiza portones y el tercero recorre el país como camionero. Un sábado a la noche, mientras miraban a Franco Colapinto clasificar, los primeros dos se juntaron a comer un asado y vieron la noticia de tres cordobeses que habían recorrido 10 mil kilómetros hasta Ushuaia en una Renoleta. «Tendríamos que hacer algo de eso», le dijo Hernán a Claudio, que aceptó sin dudarlo, aunque enseguida subió la apuesta: propuso que el destino fuera el Gran Premio de San Pablo de Fórmula 1. Hernán fue entonces hasta el almanaque que tenía pegado en el taller y comprobó que ese fin de semana no tenía ninguna competencia de zonales en Santa Fe. «Bueno, vamos», respondió, aunque todavía no creía que la idea fuera a prosperar. El lunes siguiente, Claudio volvió al taller y, mientras tomaban unos mates, lo apuró. «Boludo, ¿no te vas a cagar? Yo ya voy. Ahora vamos». Cuando Pablo regresó de uno de sus viajes con el camión, lo sumaron al plan.

Cansados y satisfechos. Hernán, Pablo y Claudio, tras el encuentro con Colapinto, charlaron con Clarín.

Así comenzó la aventura: encontrar un Renault 6 de 1977, transformarlo en el A527 -en alusión al modelo de Alpine que sucederá al actual- y recorrer los dos mil kilómetros que los separaban de San Pablo.

Menos de cinco meses después, los tres amigos no solo habían llegado a destino y conocido a Franco Colapinto: también habían conseguido que el piloto argentino de Fórmula 1 se subiera a su Renoleta y la manejara por las calles de la ciudad.

«Es increíble la humildad, la sencillez de Franco. Cuando nos despedimos, le dije que no lo pierda nunca, porque la humildad que tiene, lo que genera, la picardía…», recuerda Hernán en diálogo con Clarín en el camping donde para el grupo de tres amigos, además de Cristian y Julio, que manejan el auto de apoyo -un Valiant del ’66-. Pasaron solo un par de horas del encuentro y todavía está sorprendido por una experiencia que superó cualquier expectativa. Porque, aunque habían imaginado múltiples variantes, ninguno había previsto que el piloto quisiera manejar el auto que tanto trabajo les había costado preparar.

Pero para llegar hasta ese momento primero tuvieron que encontrarlo. No tenían un Renault 6 y tampoco demasiado dinero para comprar uno y restaurarlo por completo. Necesitaban un vehículo que estuviera en condiciones, que no fuera demasiado caro y que pudiera adaptarse al viaje. La búsqueda les llevó entre 20 y 25 días. Llegaron a ver unos diez autos en Esperanza y recorrieron 1.500 kilómetros en el Corsa de Claudio, que funciona a GNC, en las ciudades cercanas. La mayoría estaban demasiado deteriorados.

Cuando el tiempo empezaba a apremiar, Hernán publicó un mensaje en Facebook: «¿Alguien sabe de algún R6 que quieran vender?». La respuesta llegó de un hombre que tenía uno guardado hacía ocho años, que había pertenecido a su mamá. Estaba solo a 20 cuadras de distancia. Hernán vio la foto y pensó que el dueño les iba a pedir una fortuna. Cuando fue a verlo con Claudio, coincidieron en que era el indicado.

La dedicatoria especial. Felipe es el papá de Hernán y era amigo de Pablo y Claudio; Lity era la dueña del Renault 6.

«Le dije la verdad: ‘Mirá, Luis, tenemos un millón y medio para gastar en el auto porque después tenemos que guardarnos plata para ir gastando’«, recuerda Hernán. La primera respuesta fue que el precio era de dos millones. Ellos no podían llegar. Pero al día siguiente llegó el mensaje que estaban esperando: podían ir a buscarlo.

El Renault tenía las ruedas desinfladas, los frenos trabados y hasta telarañas. Sin embargo, estaba mucho mejor conservado que los otros que habían visto. Y empezó entonces una segunda carrera, esta vez contra el reloj y con herramientas en lugar de volantes.

Durante cuatro meses trabajaron principalmente los sábados para desarmarlo, arreglarlo y volver a ponerlo en condiciones, además de plotearlo con los colores del Alpine de Franco -incluida la publicidad amarilla de la empresa argentina no por un interés comercial, sino para hacer la réplica exacta del A526-.

No tenían todo el dinero disponible, así que avanzaban a medida que podían. «Hacíamos un laburo, cobrábamos y comprábamos algo», cuenta Claudio, que tuvo que recurrir a una solución de emergencia para resolver un problema de temperatura. «Yo tengo una Fiorino para laburar y estábamos con el tema de la temperatura del Renault 6. Entonces me dicen: «Vos tenés la solución». ¿Dónde está? En la Fiorino. Así que le sacamos el electro y se lo pusimos a la Renoleta. Ahora, lo primero cuando vuelva va a ser sacárselo y ponerlo en la camioneta, porque sino no puedo laburar», se ríe.

La preparación se extendió hasta los últimos días. Aunque habían probado el auto y recorrido 1.400 kilómetros, todavía aparecían pequeños problemas. «Poníamos plata de donde no teníamos que poner, de donde no teníamos que sacar», resume Hernán.

La aventura también necesitó del apoyo de sus familias. Claudio, separado y con un hijo, la tuvo más fácil; pero Hernán y Pablo tuvieron que pedir permiso para emprender el viaje. A Hernán le llevó cuatro o cinco días encontrar el momento adecuado para planteárselo a su mujer, Coqui. Pero había algo más: sus hijos son fanáticos de Colapinto y, antes de que saliera, le entregaron las dos remeras de Alpine que tenían para que se las llevara al piloto.

«Me dijeron: ‘Papá, si lo ves a Franco, tenés que sí o sí hacernos firmar las remeras‘», cuenta. Cuando finalmente consiguió las dedicatorias, les mandó una foto. La respuesta de los chicos fue inmediata: estaban temblando de emoción.

Con el Renault listo, los tres emprendieron el viaje. No tenían un itinerario demasiado rígido ni reservas para todas las noches. La primera parada fue en Paso de los Libres, donde los recibió la familia de Alfredo Esterkinde, a quien Hernán le hacía el motor del auto de competición. La segunda noche durmieron en una estación de servicio. La tercera, en un bar de Tijucas, cerca de Camboriú. «No sabíamos dónde íbamos a dormir, empezamos a dar vueltas a la manzana para ver si había un parque donde armar las carpas y el chico del bar nos dijo: ‘Loco, yo les corro las mesas y duermen acá’«, cuenta Hernán.

Con Thiago Palotini, piloto argentino de Fórmula 4. "Más allá de no tener camas, tenemos las duchas, lugar para los autos, conocimos gente como la familia de Thiago y vamos a comer un asado como si nos conociéramos de toda la vida", reconocen.

En San Pablo tampoco eligieron un hotel. Llegaron a un camping y pensaron que había cabañas, pero la oferta fue apenas un amplio pero austero salón donde pusieron sus colchones inflables. Pablo se tiró en un rincón porque había un enchufe; la cama de Claudio son unas frazadas en el piso. Allí conocieron a otros argentinos y a gente vinculada con el automovilismo. Incluso terminaron organizando un asado con la familia de Thiago Palotini, que competirá en la Fórmula 4 durante el fin de semana en Interlagos.

El encuentro con Colapinto, mientras tanto, había sido una incógnita hasta último momento. Aníbal, el papá de Franco, los contactó por Instagram y en Brasil el diálogo siguió con María Catarineu, la manager del piloto. En estos días hasta habían recibido algunos audios y, en uno de ellos, Franco les preguntaba si le iban a prestar la Renoleta porque quería dar una vuelta. Pero ellos imaginaban algo más íntimo, quizás en el hotel o en un estacionamiento.

Finalmente, el encuentro se organizó en un concesionario Renault, donde Colapinto y Gasly dieron una charla. Al principio se desilusionaron un poco: pensaban que habría más gente y que sería una reunión diferente. Hasta que apareció Franco en la calle. Los saludó, se acercó al auto y, cuando ellos le propusieron sacarse una foto, los sorprendió con una respuesta: no quería solamente posar. Quería manejarlo.

«No, qué sacate una foto, yo lo voy a manejar», les dijo. Se subió, se puso el cinturón y salió a dar una vuelta a la manzana con ellos. «¡Cómo frena esto!», comentaba mientras conducía finito entre los autos. Para Hernán, fue como salir a pasear con tres amigos: cuatro personas riéndose dentro de un Renault 6 que había nacido de una ocurrencia durante un asado.

«En esa vuelta a la manzana fuimos como cuatro amigos que andábamos en un auto cagándonos de risa», resume. Y agrega: «Ojalá esto que nosotros generamos sea un granito de arena para que mucha más gente lo siga, lo apoye, lo aprecie…». «Porque está el Chocapinto, esto, lo otro», se suma Pablo. Y Claudio lo completa: «Y no es fácil estar ahí, en la Fórmula 1». «El fútbol son muchos clubes, muchas personas. La Fórmula 1 son 22 personas en el mundo que llegan para un argentino extremadamente difícil por el cambio de nuestra moneda y demás, es prácticamente imposible», refuerza Hernán.

Pero la aventura ya había dejado de pertenecerles solamente a ellos. Durante el viaje recibieron cientos de mensajes de personas que seguían sus publicaciones y sus videos. Algunos les decían que estaban cumpliendo el sueño de muchos que no podían hacer algo así. Por eso, a la noche, se tomaban un rato para compartir la experiencia a través de vivos y grabaciones.

«Ustedes llevan el sueño de mucha gente», les repetían. Y esa dimensión también los sorprendió. «Yo creo que no caigo. Todavía no termino de caer», admite Claudio.

La idea ahora es que el viaje tenga una segunda parte. Quieren organizar una peña o una cena para recaudar fondos para una institución de Esperanza, con algunas de las remeras firmadas por Franco como parte de la iniciativa. De hecho, tenían pensado pedirles que les firme el A527 y se olvidaron: «‘Se lo vamos a hacer firmar acá, acá y acá por si se borra alguna’, decíamos. Y somos unos salames, nos olvidamos».

Y ya piensan en volver el año próximo, esta vez con dos Renoletas y tres invitados. Claudio incluso tiene diseñado el próximo modelo: una versión con estética Gucci.

Porque, como dice Hernán, si hoy se ponen a sumar todo lo que gastaron, porque tienen casi todo anotado, venían «en avión, en el mejor hotel y con las entradas». «Pero nos perdíamos todo esto de los cuatro meses de laburo. Y, más allá de que no sabíamos que iba a pasar todo esto, yo quería vivir este viaje», remarca.

Todo había empezado un sábado a la noche, alrededor de un asado y una clasificación de Colapinto. Cinco meses después, aquellos mates en el taller terminaron con el piloto argentino al volante de una Renoleta de 1977 por las calles de San Pablo.



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